27 julio 2012

La viga y la paja, o los porqués y los para qués


Dicen (aunque nunca lo ví) que cuando un escorpión se vé rodeado de fuego, se suicida. Ignoro qué hacen otros animales en la misma situación, pero, por lo poco que sé, lo seguro es que sus cerebros alcanzan en pocos segundos un elevadísimo nivel de estrés, un nivel al borde de lo tolerable. ¿Qué podría causarnos el máximo estrés que la amenaza de morir en pocos instantes y sin previo aviso, a unos animales y a otros, a todo ser vivo, cuando la clave misma de la vida estriba en la autopreservación?

En el incendio del Ampurdán de hace unos días, algunos conductores bajaban por la carretera hacia la ciudad. A su izquierda, el azul mediterráneo en verano. A la derecha, un fuego del que no se divisaba final y bordeaba la carretera y bosques adyacentes. Algunos, ante el estrés de la muerte inminente, optaron por tirarse al mar. Como es sabido, alguno de ellos murió. Aparentemente no había otra salida (“De perdidos al río”). La mayoría se salvaron. Esto ejemplifica el modo en que actúa el cerebro ante la inminencia de la catástrofe: algunos se tiran al mar, otros optarían por mojarse y cruzar el fuego, otros rezarían por su alma, etc.

Pero para los humanos es también catástrofe no solo la muerte física, sino la muerte (el final) de nuestras creencias, la muerte (el final) de la imagen que pretendemos dar, la muerte (el final) de una relación beneficiosa por uno u otro motivo, la inminente amputación (final) de un miembro, etc. Cualquier final, en definitiva, de algo a lo que estuvimos apegados por una u otra razón. No estamos preparados para los finales.
Una de las cosas a las que solemos apegarnos -acaso desmesuradamente- es, no sólo a las creencias fortificadas día a día durante toda una vida, sino a la edificación dialéctica con que las hemos venido sosteniendo (pues ¿cómo mantener una personalidad sin el apoyo del lenguaje, en una era donde cuenta incomparablemente más lo visible que lo invisible, donde contabilizamos más las palabras que las obras?). Se trata de una obra de albañilería sutil, realizada imperceptiblemente gradual, lenta, piedrita a piedrita, como lo es la de la Sagrada Familia (los catalanes solemos poner esta analogía cuando hablamos de algo que parece no acabar nunca). Y es precisamente por esto, por el incalculable esfuerzo de albañilería invertido durante nada más y nada menos que toda nuestra vida, que la amenaza de su inminente derrumbamiento nos provoca pánico.

Ante este pánico solemos reaccionar como cualquier animal: con estrés, y configurando en modo turbo toda nuestra capacidad de cálculo. En una milésima de instante, nuestro cerebro (nuestros tres cerebros en comité de emergencia) evalúa todos los parámetros que puedan ser medibles en solo una milésima de instante y toma la mejor decisión posible dadas las circunstancias: saltar al mar, callar, cruzar el fuego, decir que sí o gritar que no, etc. No hay tiempo de más. El objetivo de urgencia, como queda dicho, no es otro sino preservar, ante todo y caiga quien caiga, la continuidad de toda la energía invertida hasta el momento durante toda una vida, bien sea de nuestras creencias, de nuestra identidad (esto es, las etiquetas que le hemos ido pegoteando), de nuestro status, de nuestra pareja, de nuestro puesto de trabajo, etc. etc. Pues cualquier otra cosa implicaría un brutal despojamiento de sentido de nuestra larga dedicación en un sentido u otro. Ante tal emergencia, parecería que, para el cerebro y sólo bajo este tipo de circunstancias amenazantes, "el fin justifica los medios". Algunos echan mano de su nula empatía ("caiga quien caiga"), otros de su verborrea, otros traicionan al amigo o mienten al/la amante. Cuando se trata de elegir entre la seguridad o la pérdida, la ética más elemental se diluye cual azucarillo y cualquier táctica es válida.

Algunos -los más capacitados dialécticamente- echan mano del cajón de argumentos que sabiamente tienen preparados para tales fines. Es el cajón del que sacarán, cuando alguien les enfrente con incongruencias o falsedades, las trilladas frases que todos hemos oído más de una vez del estilo de "Es que no me comprendes" o "No es lo mismo!" (¿alguna vez dos cosas fueron lo mismo?). Otras son las más habituales entre niños, del estilo de 

- Tonto!
- Y tú más!

las cuales se dan menos frecuentemente en adultos, aunque por supuesto hay casos en toda la gama de edades.

Pero -quizá nos preguntemos- ¿y todo eso por qué?

En la mayoría de acciones podemos hallar un porqué y un para qué. Como dije en un post anterior, se diferencian en algo muy básico: el porqué apela al pasado (existe un motivo o una motivación, radicado mayormente en nuestro pasado, que nos empujó a algo), mientras que el para qué apela al futuro (existe una perspectiva, una expectavia futura que con ese algo pensamos conseguir). El para qué de este tipo de actitudes (el objetivo) precede en los párrafos anteriores: preservar la conservación de algo que valoramos muy altamente.
En cuanto al por qué lo hacemos, nos encontramos aquí con otro parámetro: la ceguera que nos impide vernos a nosotros mismos en toda nuestra inmensidad.

Hay algo que va más allá de nuestra imagen (o mejor dicho más acá), de todo ese constructo en el que hemos invertido tanto trabajo cuantitativo y cualitativo, y ese algo es inversamente proporcional al vértigo que nos produce el salto o desajuste entre lo que nosotros mismos creemos y la realidad que nos amenaza. Hallamos armonía en todo cuanto coincide, y nada menos desagradable para nosotros que la obligación de enfrentarnos a la idea de que lo que creíamos y lo que es no coinciden en absoluto. Personalmente, lo llamo vértigo ante el desajuste, y la única cura que se me ocurre para ese tipo de vértigo es el autoanálisis en clave de humildad. No hay milagros.