30 julio 2012

Orgasmos gástricos

"Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre" (Mateo 19, 3-6)


Cuando observamos la naturaleza, nos encontramos una y otra vez con que el mandato que rige todo lo vivo parece discurrir por un trayecto recurrente: en un momento inicial todo está comprimido, siendo ese "todo" algo tan difícil de concebir para nuestra mente como lo es el concepto de infinito. Aunque no lo tengamos presente contínuamente, el mero hecho de explosionar algo no implica  que sus componentes dejen de existir sino que, simplemente, existen sólo que más alejados entre sí (como es el caso de las galaxias después del Big Bang).

Al embrión en el útero le sucede exactamente lo mismo: su todo momentáneo (su entera existencia, su mundo absoluto), comenzó siendo una semilla comprimida que consiste exclusivamente en su minúsculo hábitat, en el cual se diluye y con el que él mismo confunde su propio Ser. Percepciones elementales, pensamientos potenciales, comida, el germen de lo que serán sus emociones, oxígeno, todo es entonces una misma amalgama indiferenciada, dentro de un microscópico espacio del cual su diminuta mente –apenas unas moléculas que se replican minuto a minuto- se diferenciará posteriormente como "centralita".

A partir de su Big Bang ontológico, aquella semillita no sólo se verá primeramente obligada a abandonar aquel primer hábitat, distinguiéndose de él, sino que todas sus estructuras irán creciendo en sentido centrífugo (al igual que las galaxias): el patrón de lo vivo lleva a éste, ineludiblemente (1) hacia la expansión y (2) hacia una mayor complejidad estructural. En otras palabras, parecería que la Vida, en todas sus facetas, entornos y versiones, desde el universo (o multiversos) a la bacteria pasando por un tumor e incluso la mente misma, está forzada a seguir un trayecto que comienza siempre en lo más pequeño posible (partícula inicial del Big Bang, embriogénesis, etc.) y que se dirige hacia la máxima grandiosidad posible, dentro, sin embargo, de unos límites que se nos insinúan como preestablecidos según el organismo y especie de que se trate, un canal invisible por el que discurre el río más allá de cuyos cauces o fronteras parece imposible propasarse. Las rutas aeronáuticas ilustran bien esta idea: están ahí y los aviones circulan por ellas; aunque sean rutas virtuales y no las veamos con nuestros ojos, su existencia es un hecho. En los organismos vivos como el embrión, como todos sabemos, la expansión no es infinita (en nuestros brazos, un pelo cualquiera nace y comienza a crecer, pero se detiene en la longitud que le está predeterminada). Algo muy relacionado con lo que llamó Rupert Sheldrake campos morfogenéticos.

Partiendo de ese patrón de crecimiento que se inicia en lo más pequeño y aumenta de proporciones sin pausa hasta el límite mencionado, es de suponer que también las primeras nociones de emoción y sensación que tuvimos en estadio de embrión -aún desdibujadas y obviamente inetiquetables por el lenguaje-, como serían por ejemplo lo que más adelante se convertirá en conceptos de placer y dolor, se iniciaran asimismo tan comprimidas como pudo estarlo todo el universo en la semilla inicial, una especie de zip en el que más adelante se diferenciarán entre sí placer y dolor dentro del primitivo maniqueismo que impone la simplicidad. Podríamos decir, emulando a Schopenhauer (todos los gatos son el mismo gato), que todos los placeres fueron el mismo placer (o dolor).

Placentero, para un organismo adulto, será todo aquel elemento cuyo vector actúe en el mismo sentido de la pulsión vital (Eros o el conatum spinoziano), mientras que doloroso y susceptible de ser alejado de ello será, por contra, todo aquello que, por su sentido opuesto, se perciba como una amenaza para la continuidad de esa pulsión vital (Thánatos). Así, al bebé le será placentera una papilla de frutas (por los nutrientes que le aporta) o la caricia de su madre (por nutrir su agradable sensación de ser querido), mientras que reaccionará con disgusto ante el olor de un tóxico (amenaza para su existencia) o el impacto de un cachete (amenaza para la perpetuidad de algunos de sus tejidos).

Comida y sexo han sido relacionados estrechamente a lo largo de nuestra historia (recordemos las orgías y bacanales de la Roma clásica) e incluso actualmente (la famosa escena de la fresa en la película "Nueve semanas y media" o la magnífica "La grande bouffe"). Podemos disfrutar de una y del otro con buenas o malas compañías o bien a solas, podemos hacerlo con prisas o bien con voluptuosidad (sibaritismo/erotismo), puede ser una experiencia rutinaria o bien original, podemos llevarlas a cabo de modo oficial o bien a escondidas, etc. Ambos llegarán a ser, con diferencia, los máximos exponentes de lo que el adulto dejará etiquetado de por vida como placer cuando utilice el lenguaje para consensuar sensaciones con sus congéneres. La primera (comida) porque nutre al cuerpo individual, y el segundo (sexo) por nutrir al gran cuerpo de la especie.

Pero esto sólo es así en primera instancia. A medida que la complejidad del adulto como ente vivo vaya en aumento, aumentará asimismo, gradualmente, la sofisticación de su catálogo de percepciones, tanto placenteras como desagradables. De este modo, el acto de comer dejará de ser tan solo un acto con el limitado fin de supervivencia o crecimiento, al serle incorporados poco a poco nuevos matices puramente culturales y fundamentalmente hedonísticos. Por su parte, el sexo ampliará su inicial función hacia ámbitos mucho más allá de lo reproductivo (según descubrimientos recientes(*), aparte de los bonobos también los delfines usan el sexo sin fines reproductivos). En ambos casos (comida y sexo) hablamos del placer como "además de", un plus a lo que en un principio se limitó a lo imprescindible pero cuyo ámbito de aplicación se fué ampliando (acaso la clave de la cultura sea precisamente la capacidad de añadir pluses a las necesidades originales: sólo cuando las más básicas están cubiertas podemos dedicar energías a ampliar nuestro campo hedonístico). Es por ello que nos resulta ahora familiar la expresión "¡Es orgásmico!" al degustar una comida deliciosa. Sobre esa confusión original en la que todos los placeres fueron el mismo placer saben mucho los publicistas, y para muestra esta cuña publicitaria de un famoso helado de chocolate, en el que las referencias visuales alimenticias y eróticas conforman una ambigüedad tan borrosa que es difícil desligar uno de otro:


Paul Ekman ha estudiado durante aproximadamente cuarenta años las emociones, especializándose en su expresión facial en diversas culturas del planeta. Inició su recorrido convencido del matiz subjetivo de la expresión emocional, en oposición a la creencia, en boga entonces, de la universalidad de las mismas. Durante el curso de sus estudios, una reunión con el Dalai Lama (a la que asistieron también, por cierto, Francisco Varela y Matthieu Ricard) fue el detonante de cierto viraje en sus creencias y posteriores investigaciones en el sentido contrario.

Sus conclusiones no parecen muy alejadas de lo que, ya en los siglos XVIII y XIX, Hartley, J.Stuart Mill jr, Hume, Wundt o Titchener intuyeran en relación al asociacionismo: algo así como si nuestro cerebro sólo pudiera archivar los datos aparejados a algo otro, en grupos de por lo menos dos¸concretamente, lo que Ekman llama detonantes con sus emociones correspondientes (tristeza, ira, sorpresa, miedo, repugnancia, desprecio y felicidad). Según Ekman (2003) habría dos tipos de reacciones emocionales en el humano: (1) las universales, heredadas por nuestro bagaje mnésico durante cientos de miles de años y (2) las subjetivas.

La relación de las segundas con las primeras no sería otra que el aposicionamiento a las preexistentes (un plus), las que denomina temas para distinguir las reacciones emocionales que nos vienen prediseñadas de aquellas aprendidas. Pero el descubrimiento más importante ha sido que, en todas las culturas, aún existiendo aproximadamente diez mil combinaciones posibles de movimientos musculares faciales que puedan conformar determinadas expresiones, usamos invariablemente las mismas con independencia de la raza, la cultura, la creencia religiosa o la geografía.

En otras palabras: es como si todos viniéramos de serie con unos cajones mentales para las emociones primarias cuyo detonante nos viene impuesto por la memoria genética a través de nuestros ancestros (y las cuales mostraron ser evolutivamente beneficiosas, p.e. el miedo a los depredadores), unos cajones standard que, ya en el transcurso de nuestra vida individual, nos será dado moldear a nuestro gusto de tal modo que puedan dar cabida a nuevos detonantes (y sus asociaciones correspondientes) vinculados a experiencias subjetivas.
 
De modo análogo a cómo nuestra piel y nuestro sistema nervioso comenzaron su desarrollo a partir de la misma capa del tubo neural y -en consecuencia- existan cientos de patologías que afectan a ambos (enfermedades neurocutáneas), esos "cajones emocionales" para archivar el placer iniciaron su andadura comprimidos también en un solo punto. Quizá por ello no deba extrañarnos que la chica de la imagen parezca no poder evitar manifestar sus emociones -gemido gutural incluido- de idéntico modo cuando saborea un helado de chocolate y cuando alcanza el clímax sexual.

(*) Gracias a F. Magdalena por su aportación.