04 noviembre 2012

La colitis de la nobleza

(fragmento de La historia de Saint Michele, de Axel Munthe)



"Muchos no estaban enfermos en modo alguno y quizá no lo hubieran estado nunca si no me hubiesen consultado. Muchos se imaginaban enfermos, y eran los que me contaban historias más largas; hablaban de la abuela, de la tía o de la suegra, o sacaban del bolsillo una hoja de papel y empezaban a leer una lista interminable de síntomas y trastornos —le malade au petit papier, solía decir Charcot—. Todo aquello era nuevo para mí, que no tenía ninguna experiencia fuera de los hospitales, donde no había tiempo que perder en tonterías, y cometía muchos desatinos. Más adelante, cuando empecé a conocer más la naturaleza humana, aprendí a tratar algo mejor a tales enfermos, pero nunca estábamos muy de acuerdo. Parecían muy trastornados cuando les decía que tenían buen aspecto y que su complexión era buena, pero reaccionaban rápidamente si añadía que la lengua parecía más bien sucia —lo cual era generalmente cierto—. En la mayoría de estos casos mi diagnóstico era que comían con exceso; demasiados pasteles y dulces de día, y cenas harto abundantes de noche. Probablemente, fue el diagnóstico más exacto que hice en aquellos días, pero ningún éxito tuve. Nadie quería saberlo. No agradaba. El diagnóstico que gustaba a todos era el de apendicitis. En aquella época estaban de moda las apendicitis entre la gente de la mejor sociedad que buscaba una dolencia. Todas las damas nerviosas la tenían en el cerebro, ya que no en el abdomen, y se encontraban muy bien con ella, y lo mismo sus médicos. Así, pues, opté gradualmente por las apendicitis y traté gran número de ellas con éxito diverso. Pero cuando empezó a correr la voz de que los cirujanos norteamericanos habían emprendido una campaña para cortar todos los apéndices de los Estados Unidos, mis casos empezaron a disminuir de un modo alarmante. Consternación:

—¡Cortar el apéndice, mi apéndice! —decían las señoras elegantes, agarrándose desesperadamente a su processus vermicularis, como una madre al propio hijo—. ¿Qué haría sin él?

—¡Cortar sus apéndices! ¡Mis apéndices! —decían los médicos consultando melancólicamente la lista de sus enfermos—. ¡En mi vida he oído semejante estupidez!

Pero si no hay nada en sus apéndices; si lo sabré yo, que debo examinarlos dos veces por semana. Soy absolutamente contrario.

Muy pronto fue evidente que las apendicitis pasaban de moda y que era preciso descubrir una nueva enfermedad para satisfacer la demanda general. Entonces la Facultad se mostró a su altura y lanzóse al mercado un nuevo mal, se acuñó una nueva palabra, una verdadera moneda de oro; la ¡colitis! Era una enfermedad conveniente, libre del bisturí del cirujano, siempre a mano en caso necesario y adaptable a todos los gustos. Nadie sabía cuándo venía ni cuándo se iba. Mas yo sabía que muchos de mis previsores colegas la habían ensayado con gran éxito en sus enfermos; pero a mí, hasta entonces, me había sido contraria la fortuna.

Uno de mis últimos casos de apendicitis creo que fue la Condesa X, que vino a consultarme recomendada por Charcot, según dijo ella. Charcot me mandaba de vez en cuando enfermos. Yo, como es natural, anhelaba hacer cuanto pudiera por ella, aunque no hubiese sido tan hermosa. Miró al joven oráculo con mal disimulada decepción en sus grandes ojos lánguidos, y dijo que quería hablar con Monsieur le Docteur lui-même, no con su ayudante —éste era el primer saludo que estaba yo acostumbrado a recibir de cada nuevo enfermo—. Al principio no sabía ella si tenía apendicitis, y le ocurría lo propio a Monsieur le Doctor lui-même; mas no tardó en estar segura de tenerla, ni yo en estarlo de que no la tenía. Cuando se lo dije, con imprudente brusquedad, se alteró mucho. El profesor Charcot le había dicho que yo descubriría seguramente lo que tuviera y la ayudaría; y en vez de eso... Rompió a llorar y yo lo lamenté mucho.

—¿Qué es lo que tengo? —sollozó, tendiendo las manos vacías hacia mí, con un ademán desesperado.

—Se lo diré si me promete estar tranquila.

Dejó de llorar de pronto y, enjugándose las últimas lágrimas de sus ojazos, dijo valerosamente:

—Puedo soportar cualquier cosa, ¡he sufrido tanto! No tema usted, no volveré a llorar. ¿Qué tengo?

—Colitis.

Sus grandes ojos tornáronse aún mayores, lo cual yo hubiera creído imposible.

—¡Colitis! Exactamente lo que siempre me había figurado. Estoy segura de que tiene usted razón. ¡Colitis! Dígame, ¿qué es la colitis?"


Un post sobre el libro: http://luismontielllorente.blogspot.com.es/2010/12/la-historia-de-san-michele-de-axel.html