20 mayo 2013

¿Somos buenos, malos o todo lo contrario? (2007)



1. Introducción
Este es un comentario sobre los textos “Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte” (1915) de Sigmund Freud, y “Agresión y narcicismo” (cap. 17 de “Anatomía de la agresividad”) (1975) de Erich Fromm.
El primero, obra de S. Freud (1856-1939), fundador de la escuela psicoanalítica y reconocido hasta nuestros días por su investigación sobre el inconsciente, fue escrito en 1915, después de comenzada la I Guerra Mundial (en la cual Freud, junto a Einstein y otros científicos, adoptaría una postura pacifista). El segundo texto es de Erich Fromm (1900-1980), que entonces era adolescente y estudiaría más tarde en el instituto fundado por Freud en Berlín, dedicándose asimismo al psicoanálisis. Si bien fue admirador de Freud, en sus años finales su alejamiento de él es patente en varias de sus obras, como “El miedo a la libertad” (1941) o “La misión de Sigmund Freud” (1956).
Una de las visiones enfrentadas entre ambos es sobre la naturaleza de los instintos agresivos humanos, de la cual tratan los textos de este comentario que intenta reflejar sus distintas posturas al respecto.
2. Resumen
2.1 Texto 1 (Freud)
Parte 1: La agresividad
Freud aparece decepcionado por la actitud que los hombres muestran en pleno conflicto bélico. Nos introduce primero al concepto de civilización, entendida como un conjunto de normas aplicadas por el Estado para el bien de la armonía en la comunidad, Estado que por otro lado “censura la intercomunicación y la libre expresión”. Según él, los instintos “malos” del hombre pueden ser transformados en “buenos” por dos vías: la mencionada civilización (factor exterior) y el erotismo (factor interior). Sin embargo, esta transformación no es irreversible sino susceptible de regresión a un estado anterior bajo determinadas situaciones. Una de ellas sería precisamente la guerra.
Según Freud, la inteligencia no puede ir desligada de la vida sentimental[1]. De ello deduce que una explicación de que la guerra lleve a los hombres a actuar en forma tan poco racional sería que aquella altera previamente el mundo de las pasiones, enajenando por tanto toda lógica. La guerra llevaría esa actitud individual al nivel de nación contra nación.
Parte 2: Actitud ante la muerte
La muerte es algo que no aceptamos en nuestro pensamiento cotidiano, como si no existiera o fuéramos inmortales. En este apartado, Freud expone dos ideas:
a) Nuestra postura emocional ante la muerte proviene de la horda primitiva. Nuestros ancestros debieron experimentar sentimientos contradictorios: por un lado, alegría por la muerte de un enemigo, y, por otro, alegría asimismo por la de los seres queridos. Esto, que es aparentemente paradójico, se debería a la ambigüedad inherente a la psique humana (amor/odio) ya que un ser querido, después de todo, es alguien ajeno: su muerte no es la del yo, por otro lado siempre desconocida. Este sentimiento paradójico sería el germen de un sentimiento de culpabilidad que habría encontrado compensación en la creencia en la inmortalidad, y poco después en la religión.
b) Antes de la religión, la primitiva moral de nuestros antepasados debió hacerles insensibles al asesinato. Según Freud esa pulsión es innata, y es también la explicación más plausible para que fueran precisos mandamientos que lo prohibieran (“descendemos de una larguísima serie de generaciones de asesinos”). El autor va más lejos aún, asegurando que, todavía hoy, el miedo a la muerte procede de aquel primitivo sentimiento de culpabilidad, y que en nuestro inconsciente el asesinato es, en realidad, incluso deseado.
2.2 Texto 2 (Fromm)
Para analizar la violencia del hombre Fromm parte del narcicismo, reprochando a Freud que lo vinculara demasiado a la líbido. Separado de ésta, el narcicismo es un estado en el cual “sólo uno y lo suyo es sentido como real”, lo demás no interesa. El narcicista se aferra a su autoimagen con ceguera y una clara falta de objetividad porque le ofrece seguridad, y este fenómeno se amplía al narcicismo colectivo con idénticos efectos. En ambos casos -individual o colectivo- se reacciona a la crítica o la amenaza con violencia, ira o deseo de venganza (debido al miedo a perder la sensación de amparo que proporciona al narcicista el amor a sí mismo o a su grupo).
Para este autor, las causas de la agresión son cuatro: (a) el citado narcicismo colectivo cuando lleva al fanatismo (el individuo integrado en la masa se siente libre de toda duda y poderoso); (b) resistencia -uno de los mecanismos de defensa según Freud- que aparece ante el temor al descubrimiento, por parte de otro, de una verdad reprimida en el inconsciente; (c) conformismo, p.e. la obediencia del soldado a la autoridad militar[2]; y (d) agresión instrumental, aquella justificada por el objetivo de obtener algo. La frontera entre este deseo intenso y la voracidad -reflejada en nuestros días en el consumismo- es borrosa, pero también la voracidad puede inducir a la agresión (p.e. por un drogadicto). Otra razón para la agresión, en el caso del soldado, sería la presión de tener que decidir entre “matar o ser muerto”; aunque Fromm no categoriza este motivo, se entiende que se refiere al instinto de supervivencia.
3. Confrontación
Básicamente, Freud defiende la idea de que la raiz de los instintos brutales del hombre está en la propia naturaleza humana y que la agresividad puede ser reprimida por la cultura, aunque no de un modo definitivo. En contraposición, Fromm contempla la actitud agresiva como algo cuyo origen no se encuentra en lo innato sino en el terreno de lo contingente.[3]
Para S. Freud, la facilidad con que afloran los instintos de crueldad con motivo de una guerra viene a confirmar su sospecha de que dichos instintos permanecían simplemente inhibidos, y que el comportamiento “civilizado” previo a la guerra no era una ganancia evolutiva sino producto de la hipocresía social que, en condiciones normales (o sea, en tiempo de paz), juzga demasiado superficialmente los actos más que sus verdaderas motivaciones (“los hombres no han caído tan bajo como temíamos porque tampoco se habían elevado tanto como nos figurábamos”). Con esto viene a decir que los estadios evolutivos se superponen unos a otros y que los instintos más primarios siguen latentes, pudiendo por tanto resurgir bajo cualquier circunstancia que anule el efecto de aquello que los mantenía inactivos (“el individuo que entra a formar parte de una multitud se sitúa en condiciones que le permiten suprimir las represiones de (...) su inconsciente individual (...) en el que se halla contenido en germen todo lo malo existente en el alma humana.” (Freud, 1921)). El estado de guerra sería, pues, una de esas circunstancias que suprimen la represión.
Fromm, por el contrario, justifica la conducta agresiva en una línea mucho más ambientalista, como una respuesta casi comprensible. Para él las principales causas de la guerra serían la agresión instrumental (por parte de las naciones) seguida de la obediencia a la autoridad (por parte del individuo). En claro contraste a la postura de Freud, dice: “la tesis de que la guerra se debe a la destructividad innata del hombre es claramente absurda (...) con el desarrollo de la civilización han aumentado la frecuencia y la ferocidad de las guerras. Si la guerra se debiera a impulsos destructivos innatos, hubiera sucedido lo contrario”. Para este autor es evidente que la I Guerra Mundial, como cualquier otra, se debió a intereses económicos y ambiciones de hegemonía (“es un error creer que aquella guerra tuvo su origen en el deseo de las poblaciones (...) de descargar su agresividad”). También recrimina a Freud haber tergiversado las estadísticas con objeto de reforzar su teoría (“datos que hubieron de ser deformados para servir a su propósito”).
4. Conclusión
A pesar de sus diferencias elementales, ambos autores coinciden en que el impulso de agresión -sea cual sea su causa- se expande de un modo natural desde lo individual hasta lo colectivo: mientras Fromm propone este mecanismo para el fenómeno del narcicismo herido, Freud cree en un proceso similar para los instintos destructivos.
Curiosamente, Fromm menciona que “mientras el soldado combate con el enemigo en defensa de su vida no tiene que combatir con los miembros de su propio grupo por el pan”. Este comentario parece algo contradictorio, pues con esto estaría admitiendo que la agresividad está en efecto implícita en el ser humano y que la guerra constituiría, en esencia, una vía de escape más justificable que otras.
Es muy probable que ambas posturas sean algo extremas y que la respuesta a los interrogantes planteados por estos dos autores se halle en un punto intermedio o en una combinación de ambas, como sucede con tantos otros pares de teorías que se han confrontado, a lo largo de la Historia, en relación a temas tan complejos pero tan fascinantes como la conducta del ser humano.

BIBLIOGRAFÍA

- CID, P.: “Acerca de Fromm” (artículo electrónico, en www.geocities.com)
- DAMASIO, A.: El error de Descartes, Barcelona, Ed. Crítica (1994)
- FROMM, E.: El miedo a la libertad. Buenos Aires, Ed. Paidos (1950)
- FREUD, S.: Psicología de las masas y análisis del Yo. Ed. Psikolibro.
- HERGENHAHN, B.R.: Introducción a la Historia de la Psicología. Madrid, Thomson Editores (2001)


[1] Esta afirmación de Freud está siendo corroborada en la actualidad por investigaciones de los neurólogos portugueses A. y H. Damasio sobre la estrecha relación entre la amígdala y la toma de decisiones.
[2]Para Hitler (…) el ario está dispuesto a someter su propio ego a la vida de la comunidad” (El Miedo a la libertad, 1941, p. 143)
[3] Hay que tener en cuenta que Fromm había investigado ampliamente el fenómeno del nazismo en la II Guerra Mundial, y que el texto de Freud fue escrito veinticinco años antes. De hecho, moriría el mismo mes en que fué declarada esa guerra.