10 octubre 2015

Empatía: ¿escuchar u oir?

Hace muchos, muchos años, quise llevar a cabo un experimento con una amiga en relación a la empatía.
La idea había surgido aún más años atrás, al observar que, en la gran mayoría de ocasiones, ante un estímulo verbal cualquiera, el sujeto respondía en primera persona.
Por ejemplo, si a alguien le hablabas de una película, la respuesta común contenía un “yo”, un “a mí”, o un “me”.
Ejemplo de estímulo:
- He leído que Brad Pitt…
Ejemplo de respuesta:
- Huuuy! Me encaaanta Brad Pitt!!!...
Ejemplo de estímulo:
- Hoy he estado de compras y me he comprado unos pantalones pitillo.
Ejemplo de respuesta:
- Uf, a mí me quedan fatal los pitillo!
Y así sucesivamente.
A todos nos encanta hablar de nosotros y de nuestras cosas, quizá porque es de lo que más creemos saber. Si somos sinceros, admitiremos que, en realidad, lo que solemos esperar es empatía con nuestras cosas, no que nos cuenten inmediatamente las del otro. Al menos no en aquel momento. El escritor Julio Cortázar, con su excelsa sensibilidad acerca de la naturaleza humana, plasmó esta observación, en el capítulo 41 de Rayuela, en su famoso “Diálogo típico de españoles”:

López.— Yo he vivido un año entero en Madrid. Verá usted, era en 1925, y...
Pérez.— ¿En Madrid? Pues precisamente le decía yo ayer al doctor García...
López.— De 1925 a 1926, en que fui profesor de literatura en la Universidad.
Pérez.— Le decía yo: «Hombre, todo el que haya vivido en Madrid sabe lo que es eso.»
López.— Una cátedra especialmente creada para mí para que pudiera dictar mis cursos de Literatura.
Pérez.— Exacto, exacto. Pues ayer mismo le decía yo al doctor García, que es muy amigo mío...
López.— Y claro, cuando se ha vivido allí más de un ano, uno sabe muy bien que el nivel de los estudios deja mucho que desear.
Pérez.— Es un hijo de Paco García, que fue ministro de Comercio, y que criaba toros.
López.— Una vergüenza, créame usted, una verdadera vergüenza.
Pérez.—Sí, hombre, ni qué hablar. Pues este doctor García...

El experimento en cuestión, por lo demás totalmente casero, consistía en presentar un breve estímulo verbal entre amigos -en aquel caso acerca de una película y un actor determinado- y anotar las respuestas que contuvieran un “yo, me, mí”. Mi amiga ejerció en la sombra el papel de anotadora de resultados: de 11 personas, sólo 1 de ellas constituyó excepción y respondió con una pregunta, interesándose por los gustos de quien le espetaba (en ese caso, la autora de esto). Todas las demás reaccionaron proporcionando información de ellas mismas.
Si bien el resultado de aquella anécdota no aspira a más, dado el diminuto rango del muestreo, la autora se vé en la necesidad de señalar que, en los años siguientes, no hace sino confirmar cada vez más la conclusión intuitiva: a la inmensa mayoría de personas les produce mucho más placer hablar sobre sí mismas que interesarse por las del otro.
Les invito a hacer la prueba ustedes mismos; es gratis y curioso.
Escuchar no es oir ni simplemente intercalar información sobre uno mismo cuando termina el otro, como en el diálogo de Cortázar. Escuchar de verdad mantiene intensamente vivas las relaciones, mientras que oir simplemente las perpetúa.

Y si sintieran curiosidad por la diferencia entre simpatía y empatía, este breve video lo resume estupendamente https://www.youtube.com/watch?t=37&v=1Evwgu369Jw