02 febrero 2016

Los peligrosos

"Asiente y serás cuerdo.
Disiente y de inmediato serás el peligroso
y te pondrán cadenas" (Emily Dickinson)

Los poderosos no quieren que nadie disienta. El poder, el de arriba, necesita que la masa sea homogénea cual rebaño sumiso y average, que es la única forma de tenerlo bajo control. Teniendo en cuenta que control y poder son prácticamente sinónimos, la oveja negra que usa la cabeza y disiente es percibida como "peligrosa" y, en lógica consecuencia, se le echan encima los guardas a las órdenes del poder (otras ovejas leales) para detener, aislar y/o eliminar al disentor sin perder un instante. Es el mismo modo en que se actúa cuando se disparan las alarmas por un virus mortal: atajar de inmediato la posibilidad de que contagie su mal al resto del organismo.
Pero el poder se imbrica en muchas ramificaciones, y esas incluyen también las creencias generalizadas de las "células buenas", las "políticamente correctas" que predominan en función de cada tiempo y lugar. Aún en nuestro tiempo, una mujer que no pasea del brazo de su marido con sus dos retoños sigue siendo un poco sospechosa de no seguir al rebaño en lo familiar. Sin ir más lejos, algo tan banal como no tener televisor en casa provoca desde mandíbulas desencajadas hasta respuestas del tipo "Pero... ¿¿de verdad puedes vivir sin TV??...", pasando por el comentario de un taxista: "¡Je, je, usted es un poco extraterrestre!" (la autora de esto puede dar fé de primera mano). La creencia de que el libre albedrío es una ilusión óptica que la naturaleza nos ha otorgado por motivos adaptativos ya serían palabras mayores.
Las actitudes average son, en todo caso, las más recomendables para la salud y la larga vida.
Los no-average, los percibidos como "peligrosos", aquellos cuyas creencias se apartan, por poco que sea, de las ideas hegemónicas, sólo se sienten cómodos entre iguales, que son escasos. Dentro del rebaño sólo pueden sobrevivir tiñendo sus lanas de blanco y fingiendo sumisión y connivencia con ideas y costumbres con las que, en realidad, sus balidos no sintonizan.
Algunos lo llevan mejor gracias a unas buenas dotes camaleónicas y de autocontrol en momentos críticos. En la peor de las circunstancias, respiran hondo y acatan el sabio consejo oriental "No ver, no oir, callar" hasta que el peligro ha pasado.
En otros, menos afortunados genéticamente con esas capacidades, un intenso sentido interno de dignidad les traiciona día sí, día también, por sobrepasar su también humano ansia de vivir en paz con el entorno. Algunos de éstos mueren como el pez cuando abre la boca, ya sea en la horca, en la indigencia pero, en todo caso, en soledad.
Entre un extremo y otro están aquellos que viven su conflicto interior a trompicones. Unos se balancean crónicamente cual péndulo entre lo que popularmente conocemos como las dos vocecitas (corazón versus cabeza) y actúan en función de cuál de ellas se ha despertado aquel día con más energía. Otros surfean de por vida en incómodo equilibrio, intentando contínuamente quedar bien con todos para perseguir dos objetivos que son imposibles de congeniar simultáneamente: (a) evitar pérdidas materiales o morales y (b) evitar el autodisgusto.
Al igual que los perros detectan cuándo les tenemos miedo por más que les sonriamos tímidamente, a muchos de los “peligrosos” les detectan unas invisibles antenas con que la naturaleza parece habernos dotado para preservar el bien del grupo (¿o tal vez para preservar el poder de quien dirige el grupo?). No vale la sumisión fingida, no valen las vestiduras a la moda ni los maquillajes, ni vale aparentar risas en una conversación que no les interesa lo más mínimo. A algunos de ellos les condena un estigma en la frente que reza "Ojo: peligroso". Por este motivo, es decir, por si alguien les vigilara desde arriba, casi nadie se atreve a reirles las bromas que algunas veces hacen de sincera buena fé. Muchos incluso les retiran la palabra sin más, sólo porque oveja prevenida vale por dos.
Dado que no hay motivo objetivo ni fáctico para ello ni nada que alegar, los peligrosos de este tipo no suelen ser detenidos, aislados ni eliminados agresivamente. Sólo se les deja de alimentar hasta que mueren por sí solos.

A la salida del tanatorio siempre hay alguien que cuchichea "Era buena persona... un poco raro, sí, pero buena persona..."
Lo distinto siempre suena a peligroso.